miércoles, 18 de abril de 2012

No conozco a mis vecinos.

Existen muchas películas y series gringas, que siempre me hicieron sentir que algo estaba mal con mi vida, cosas que yo veía y jamás me habían pasado, porque, en mí vida, no funcionaban así las cosas.

Como el hecho de que mi mamá me preguntara muy linda y dulcemente, ¿cómo te fue en la escuela?, ¿qué jugaste con tus amiguitos?, el hecho de que no me leyeran jamás un libro para dormir, o el simple hecho de salir con mis vecinos a jugar cual vecindario suburbano.

Nunca me he relacionado con mis vecinos, de mi nacimiento a mi adolescencia mi prima vivía al lado de mi casa, era un año mayor que yo, bailábamos, veíamos películas, salíamos en bici, jugábamos a la gallinita ciega, brincábamos la cuerda, hacíamos bromas de todo tipo, además, tenía tantas primas de mi edad que jamás necesité buscarle por otra parte, y ¿saben qué? mi infancia fue una chingonería, no me hicieron falta ni los vecinos ni las preguntas de mami ni las lecturas nocturnas para saber que me querían y para vivir mi niñez de la mejor manera.

Después de mi adolescencia me mudé de casa, mismo vecindario, y es como si mis vecinos fueran vampiros, nunca llegué a verlos, no salían para nada, lo que más recuerdo de ellos es una camioneta gringa muy sensible a cualquier tacto con una alarma de una voz muy ruda diciendo algo ininteligible en inglés, probablemente porque no sabía inglés. Ahora no vivo con mis papás ni en mi lugar de nacimiento, y sigo sin conocer y/o convivir con mis vecinos.

Hace días, ya que la burocracia me viene chingando desde 1989, mientras hacia fila en uno de tantos trámites, éste puto llego, -I'll never forget that face-, yo no lo vi llegar ni lo oí,  traía mis audífonos, y supongo, volvió a contar una triste historia de cómo necesitaba dinero para algo, le dieron 4 pesos entre todos los que estábamos ahí, jaja. El tipo contó a todos los que estábamos ahí, utilizando una astuta multiplicación de filas por columnas, si hasta para las matemáticas no está pendejo, y nos reclama a todos en voz alta cómo recibió únicamente 4 pesos, de 36 personas y cómo la gente es más y más inhumana. 


Me salió la señora que platica en fila, que toda mujer lleva dentro, o al menos eso es lo que me digo para sentirme mejor cada que me pasa, y pues le conté al señor que estaba a mi lado que ya me había tocado verlo, que siempre cuenta la misma historia, cosa que no me constaba pero me vale pito, y que también terminó reclamando al no recibir suficiente; la conversación se tornó en una discusión política y comparativa de tiempos, de cómo ya no nos hacen como antes. 

El señor y yo terminamos al mismo tiempo el trámite y pues empezamos a caminar el uno al lado del otro, pero incómodamente, debido a que nuestra conversación había terminado y sido cortada durante nuestro proceso burocrático individual, por lo tanto, el volvernos a encontrar a la salida y dirigirnos hacia el mismo lugar dando vuelta en las mismas calles pues se tornaba cada vez más raro, hasta que el señor me preguntó hacia dónde iba, le dije en qué calle vivía y me dijo que él también, después me describió en dónde vivía, pensé ¡fuck!, acaba de describir mi casa como la casa de al lado, y pues le dije: creo que definitivamente  somos vecinos, ésa es mi casa. Le mandé saludos a su esposa, la única de ése hogar a la que había visto y saludado y la única del vecindario con la que he hablado.


El mundo es tan grande, yo tan rara y la vida tan incómoda que siempre me hace tener éste tipo de momentos coincidentes, tanto por la segunda vez que veo al limosnero ése, como el hecho de conocer y descubrir lo encantador que es mi vecino, me di cuenta de lo alejada que puedo llegar a estar a la gente que está tan cerca de mi.

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